- Sep 25, 2025
6 Consejos para dejar de gritar
- Elena Nichols
- 0 comments
¿Es difícil, verdad? Parece que tus hijos saben exactamente qué botones presionar para enfurecerte y no puedes evitar alzar la voz y aumentar el drama. Lo que ocurre en esos momentos es que literalmente tu cuerpo y la química de tu cerebro cambian. Tu amígdala (la glándula responsable de tus reflejos de congelamiento, huida y lucha) se activa porque tu cerebro piensa que estás bajo amenaza y tu vida corre peligro (¡es curioso, lo sé!). Esto te pone en modo de lucha para enfrentar el peligro. Cuando esto sucede, tu capacidad de razonar y pensar de manera creativa (lo que necesitas para resolver el problema de manera efectiva) se apaga y la sangre se dirige a tus extremidades para que puedas huir y sobrevivir la amenaza. ¡Nada de esto es útil para la crianza efectiva ni para resolver problemas!
Aquí te doy algunos consejos para romper este ciclo:
1. Dedica unos días a prestar atención a lo que te hace disparar. ¿Es cuando tus hijos te contestan feo? ¿Cuando hacen berrinches emocionales? ¿Cuando tienes que recordarles que hagan las cosas una y otra vez? Si identificas claramente cuáles son tus detonantes, puedes fijar tus intenciones y pensar en formas en las que podrías responder de manera diferente y más efectiva. También podrías pensar en el tipo de conversación que deseas tener con tus hijos: «He notado que cuando esto sucede, me pongo muy tenso por esta razón. ¿Qué ideas tienen para manejar esto de una forma diferente?»
2. Presta atención a las sensaciones físicas en tu cuerpo y dónde sientes la frustración. Esto será diferente para cada persona, pero para algunos puede ser que el corazón comience a latir más rápido; o que la respiración se vuelva más superficial, o que sientan una opresión en el estómago o el cuello. Si comienzas a sintonizar con las sensaciones físicas, podrías detectar cuándo te sientes alterado y tomar medidas para calmarte antes de que sea demasiado tarde.
3. Presta atención a los factores externos que te hacen más propenso a reaccionar en lugar de responder. Por ejemplo, ¿es en un día en particular debido a las actividades de la tarde, o cuando estás cansado o hambriento, o cuando no has hecho ejercicio por la mañana? Somos mucho más propensos a explotar cuando no hemos prestado atención a lo que nuestro cuerpo necesita.
4. Piensa en formas de calmarte cuando sientas que las sensaciones físicas invaden tu cuerpo. Si son una señal de lo que está por venir, puedes tomar medidas conscientes para calmarte (y puedes decirle a tus hijos que es lo que vas a hacer para que aprendan con tu ejemplo). «Voy a tomar un minuto para calmarme porque siento que me estoy irritando y no quiero gritar». Beber agua fría puede ayudar, escuchar una canción favorita, respirar profundamente, tomar aire fresco, hacer algunos estiramientos de yoga. Aprende qué es lo que funciona para ti.
5. En lugar de juzgarte por cómo te sientes, sé curioso al respecto. Pregúntate, ¿qué me está pasando para que esto me parezca un problema tan grande en este momento? ¿Por qué me siento tan amenazado, tiene algo que ver con el equipaje emocional de mi propia infancia o con las expectativas que tengo? ¿Qué le está pasando a mi hijo ahora para que haya reaccionado de esa manera? Si puedes alejarte un poco y observar el panorama general, no solo entenderás mejor lo que realmente está ocurriendo, sino que probablemente podrás encontrar una mejor solución.
6. Si perdiste el control y no era tu intención, siempre puedes reparar. Sé abierto y honesto sobre lo que sucedió, pide disculpas y aclara el ambiente para que puedas mostrar a tus hijos cómo asumir la responsabilidad de tus acciones. Hay pocas cosas tan valiosas que los niños puedan aprender.